Los salones recreativos de los noventa

Descripción: Mirada nostálgica personal a estos extintos lugares de diversión y esparcimiento social.

Categorías: Videojuegos en general

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Decir que echamos de menos los salones recreativos es subrayar lo obvio para aquellos que pudimos disfrutarlos en su momento. Eran locales con una atmósfera, un ambiente y, en suma, una magia especiales que ya no se pueden encontrar en ningún otro sitio. Lo que viene a continuación es mi pequeño y modesto homenaje a estos extintos lugares de diversión y esparcimiento social. No es mi intención tratar de ofrecer una visión objetiva de cómo acostumbraban a ser las salas de máquinas recreativas de los noventa en España, sino que el enfoque que le quiero dar a este artículo es mucho más personal: simplemente voy a hablar del recuerdo que me queda de ellos así como de algunas experiencias propias, dejándome llevar por la nostalgia sin ningún tipo de reparo. ¡Confío en que os resulte tan entretenido leerlo como para mí lo ha sido escribirlo!

Nací en el año 1987, así que en realidad sólo he podido vivir la etapa final de los salones recreativos, razón por la cual restrinjo este artículo a la década de los noventa. Aunque, eso sí, la viví de forma muy intensa en comparación con muchos de los de mi quinta, cosa que enseguida noto en cuanto sale este tema en alguna conversación, pues conozco multitud de arcades de los que la mayoría no se acuerdan. No obstante, fue una década muy intensa y llena de lanzamientos de juegos interesantes, si bien no es en ellos en los que quiero centrarme sino más bien en los salones recreativos propiamente dichos. Por entonces eran numerosísimos y yo tenía varios cerca de mi casa, con lo que ya desde muy crío establecí contacto con ellos. Muy pronto descubrí que había de dos tipos diferentes:

Arcades en los que mis padres me permitían entrar: aunque casi siempre abarrotados y con un intenso olor a humanidad, estos locales eran bastante seguros. Estaban más o menos limpios y en buenas condiciones y los encargados, si bien con frecuencia gruñones, eran responsables y no permitían que hubiera conflictos gordos, o por lo menos no demasiado. Sus descoloridas riñoneras de publicidad, hasta los topes de monedas, despertaban la codicia de todos los que las veíamos.

Arcades en los que mis padres no me permitían entrar: ni probablemente tampoco yo me hubiera atrevido a hacerlo en caso contrario, sobre todo teniendo en cuenta mi extrema juventud. Estos antros daban auténtico miedo con tan sólo ver la entrada. Tétricos, oscuros, llenos de humo, con un griterío infernal, paredes desconchadas y una pátina de mugre de por lo menos un centímetro de espesor recubriéndolo todo. También se veía entrar y salir de ellos a gente con pintas muy poco recomendables.

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¡El antro de la bestia!


Yo solía pasarme por estos locales los viernes por la tarde después del colegio y los fines de semana, dejándome la mayor parte de la paga en el proceso. En vacaciones era aún mejor porque contaba también con las propinas de mis abuelos, que en principio me las daban para que me comprara algo en el kiosko, aunque a mí la mayoría de las veces me parecía que ese dinero estaría mejor invertido en el Final Fight, el Cowboys of Moo Mesa o el Battle Flip Shot, entre muchos otros. Y es que cómo tragaban monedas esas puñeteras máquinas, al menos hasta que empezabas a pillarles el truco.

Por lo general iba siempre con mi tropilla de amigos, todos ellos compañeros del colegio. Como ni siquiera entre todos juntábamos demasiadas monedas, normalmente íbamos juntos a la misma máquina y mientras uno o dos de nosotros jugábamos, el resto daba ánimos y consejos varios. De esta forma nos cundía un poco más el dinero, porque de lo contrario enseguida nos fundíamos las pelas y nos quedábamos sin nada que hacer allí salvo mirar cómo jugaba la demás gente. La verdad es que era una buena idea lo de que fuéramos en grupo, porque de esa manera los chavales conflictivos que por desgracia abundaban en esos locales no se atrevían a meterse con nosotros. No era ninguna tontería: recuerdo que una vez que fui en solitario acabé a puñetazos con otro chaval a la entrada del salón recreativo porque mientras yo jugaba él no había parado de darme codazos y llamarme mariquita. Claro, como éramos muy críos y todavía estábamos en la edad del odio hacia el bello sexo, no había nada más afeminado que jugar al Street Fighter II con Chun Li como yo estaba haciendo en ese momento. Por suerte nunca volví a ver a aquel chaval (¡menudo repaso me dio!), pero el incidente me sirvió para comprender que ir a estos sitios en solitario podía ser peligroso.

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¡Pobre Hulk Hogan! Él también fue en solitario a un salón arcade.


Y es que menuda canalla que se juntaba en los recreativos, y eso que yo sólo entraba en los más “selectos” y que la ciudad de la que hablo es Gijón, que no es grande y por tanto tampoco demasiado prolija en sujetos conflictivos (¡no me quiero imaginar cómo sería en ciudades grandes como Madrid o Barcelona!). A continuación voy a establecer una pequeña clasificación, medio humorística y medio seria, de la gente que solía reunirse allí, pues había varias tipologías de jugadores bastante bien diferenciadas:

- Los máquinas: sin duda uno de los primeros tipos de jugador que se nos viene a la cabeza. No en vano, pues eran tipos muy populares. Normalmente estaban especializados en ciertos juegos determinados en los que eran unos figuras, y rara vez, por no decir nunca, se los veía echando una mísera moneda a otra cosa diferente. Eran siempre mucho mayores que yo, y de hecho a mí me parecían el colmo de la madurez, aunque viendo las cosas con la perspectiva de los años ahora pienso que probablemente tendrían de 18 a 25 años. A la mayoría los recuerdo con barbas, pelo largo y camisetas de Metallica o Iron Maiden (los clásicos heviatas) y con un enorme corrillo de curiosos alrededor, que flipaban en colores con sus hazañas. ¡Yo me encontraba a menudo entre ellos! Nunca olvidaré la primera vez que vi a un máquina pasarse el King of Fighters 94, y lo impresionante que me pareció Rugal como jefe final. Eso de que luchara él solo contra un equipo de tres ya lo vi como algo de muy macho, ¡pero cuando se quitó la parte de arriba del traje, se le rellenó otra vez la barra de vida y dijo que se iba a poner a luchar con su VERDADERO poder, los ojos me hicieron chirivitas! En un momento en que la serie animada de Dragon Ball causaba furor, algo como esto no podía dejar de impactarnos a mí y al resto de mirones que nos juntamos allí. Mister Bison (¡sí, lo llamábamos “míster”!) era un aficionado de poca monta al lado de un jefe de semejante categoría.

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Cuánto daño hizo ese sprite...


- Los pardillos: antítesis de la categoría anterior, los pardillos eran la comidilla de los salones recreativos. Ningún juego se les daba especialmente bien, y en la mayoría no pasaban de la primera o la segunda pantallas. Esto en parte se debía a que por regla general eran muy jóvenes y no tenían experiencia, aunque también había casos clamorosos de torpeza extrema. Me acuerdo de un chico que necesitó la mareante cifra de 500 pesetas de las de antes (20 créditos) sólo para pasarse la primera pantalla del Metal Slug, que precisamente destaca por ser facilísima. ¡En serio, es verídico! Como eran tan malos, aparte de ser objeto de numerosas burlas con frecuencia crueles, enseguida se quedaban sin dinero, y entonces no era inusual verlos ante una pantalla de “Insert Coin”, tratando de hacerse la ilusión de que estaban jugando. Aunque por lo general lo que hacían era unirse al grupo de...

- Los mirones: estos nunca tenían pasta. Merodeaban por el salón echando un vistazo a lo que estaba jugando la gente, y cuando veían algo que llamaba mínimamente su atención se acercaban y se pegaban como lapas, acribillando al sufrido jugador a consejos casi siempre nefastos y a frases de “¿Te lo paso, te lo paso?” (¡jamás había que cederles el mando en este último caso! Siempre la pifiaban, sin excepción). Había que tener un cuidado de mil diablos con ellos porque eran unos auténticos gorrones desvergonzados. Como hubieras metido más de un crédito en la máquina, podían darle al botón de segundo jugador y unirse a la partida por todo el morro. ¡Más de una pelea vi yo a causa de eso! Nada que ver con los amables jugadores que te ofrecían su ayuda y aportaban su propia moneda de cinco duros. El mayor momento de gloria de los mirones llegaba cuando alguien estaba echando una partida y, por la razón que fuera, se tenía que ir de inmediato, con lo cual no le quedaba más remedio que ceder su crédito a alguno de ellos. Las veces que esto ocurría se abalanzaban sobre el mando como buitres, y si había varios de ellos, se producían fuertes discusiones sobre quién continuaría la partida. Las cuales, una vez más, con frecuencia desembocaban en peleas.

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El agente 666 se enfrenta al club de fans de Karnov.


- Los niños ricos: los pertenecientes a este grupo eran criticados pero envidiados por el resto de la gente. Mientras la mayoría nos poníamos como unas castañuelas cuando teníamos toda una flamante moneda de veinte duros para gastar en las máquinas, ellos se fundían las de quinientas pelas sin despeinarse. No solían ser demasiado hábiles, pero el hecho de poder continuar un montón de veces les permitía llegar más lejos de lo habitual en muchos juegos e incluso pasárselos. Luego iban por ahí presumiendo de que se habían cargado al monstruo final del Captain Commando. Los demás nos moríamos de rabia.

- Los mentirosillos: a los de esta categoría les encantaba contar historias para no dormir. Que si la piedra del escenario de Chun Li se podía lanzar contra el adversario, que si en el Blue´s Journey se podía jugar con un protagonista de color rojo, que si en el primer Samurai Shodown había un truco para elegir al jefe final, etc. También se inventaban hazañas épicas, normalmente atribuyéndoselas a otro para que no se le exigiera una demostración (del palo “uno de mi barrio se pasó el Thunder Hoop sin usar el botón de disparo”). A menudo llegaban al extremo de inventarse juegos (“en el bar de al lado de mi casa hay una máquina que -inserte aquí su ida de olla-”) y defender a capa y espada su existencia, que todos ponían en duda salvo alguno de los del grupo de los pardillos, antes descrito. Al final resultó que algunas de las sandeces que contaban eran ciertas. Después de todo, sí resultó ser verdad que había un ninja verde en el primer Mortal Kombat... Pero estoy seguro de que no es más que una coincidencia.

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Esto es fusión de culturas y lo demás es cuento.


- Los macarras: ¡estos daban miedo! Allá donde iban les acompañaba la discordia. Siempre estaban o parecían estar buscando conflictos con el resto de la gente por los motivos más nimios. Y, cuando perdían y les salía una pantalla de Game Over, soltaban una retahíla de palabrotas que hubiera hecho enrojecer de pudor al mismísimo Poli Díaz. Si el salón recreativo contaba con futbolines o billares, allí solían juntarse grupitos de ellos. Y muchos se parecían a los malos de los juegos de tortas (les faltaba la cresta naranja).

- Los tocapelotas: eran los que hacían cosas para fastidiar o incluso estropearte la partida, no se sabe muy bien si por maldad, estupidez, inquina personal o qué. Te apretaban el botón de la “magia” cuando no había enemigos en la pantalla jugando al Spin Master o al 1943 (el mejor shooter de naves de la historia de la humanidad, y que por favor se me disculpe la exageración), animaban a los personajes controlados por la máquina en los juegos de lucha o de fútbol, daban falsos consejos para que te mataran y demás cosas por el estilo. Gente despreciable y sin honor, a menudo lo que pretendían con ese comportamiento era que perdieras rápido para poder ponerse ellos a los mandos.

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La mítica "máquina de Carlos Sainz" de Gaelco.


- Las chicas: lo habitual es que el público de este tipo de locales fuera mayoritariamente masculino, pero también era muy habitual encontrar chicas. No les solían gustar los juegos violentos, prefiriendo otros de estética más infantil y mona (kawai, que dirían los japoneses) tales como Pang, Snow Bros, Tumble Pop, Puzzle Bobble, Magical Drop o el mítico Tetris. Por supuesto había excepciones a esta regla: yo, por ejemplo, a menudo jugaba a dobles con una prima mía de mi misma edad a juegos como Shadow Force, Mystic Warriors o Robo Army.

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Te fríen a disparos sin romper la formación. ¡Qué cracks!


Fuera ya de clasificaciones de jugadores, llama la atención cómo había ciertas leyes no escritas entre ellos dentro de las salas de máquinas. Una especie de código de honor que te obligaba a hacer ciertas cosas a menos que quisieras quedar como un ignorante que no sabe jugar o como un imbécil que juega mal adrede. Una de ellas era el tener que elegir a un determinado personaje porque “los demás son una mierda”. Ejemplos hay muchos: Mustapha en Cadillacs and Dinosaurs, Lancelot en Knights of the Round, el guerrero en el King of Dragons y los dos Dungeons & Dragons, Don Tacos en Pang 3, Boris en Violent Storm o Cormano en Sunset Riders (este último especialmente llamativo, ya que la diferencia con Bob desde el punto de vista jugable era cero). Otras reglas sagradas eran no atacar a un adversario en estado de “pajaritos” en las partidas a dobles a juegos de lucha, no jugar a lo “turtle” para intentar ganar por tiempo, dejar los objetos de recuperación de vida al jugador que los necesitase más en los beat'em up y similares, etc. No cumplir con estas normas no escritas, para disgusto del sufrido encargado del salón, derivaba por supuesto en discusiones, insultos y peleas.

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En los cómics los centinelas parecían más altos...


Sin embargo, no todo eran conflictos en estos sitios. También había lugar para que se forjaran nuevas y bonitas amistades, si bien por lo general también efímeras. Todo el mundo hablaba con todo el mundo, compartiendo estrategias y experiencias de juego con la mayor naturalidad. Ello daba lugar a un ambiente de camaradería muy agradable que hacía que los videojuegos en sí no fueran el único gancho que tenía uno para ir a las salas recreativas. Porque no hay juego que sea tan bueno ni tan adictivo que no pueda disfrutarse todavía más con otra persona a tu lado, incluso aunque sea desconocida.

Mas, con el tiempo, toda esta clase de cosas dejaron de ocurrir. Llegó el declive de los salones recreativos. Cada vez iban estando más vacíos, mientras que en los bares las recreativas comenzaban a escasear cada vez con más frecuencia, siendo sustituidas al principio por máquinas de pantalla táctil tipo Photo Play (qué asco les llegué a tener. ¡Eran aburridísimas!) y luego por tragaperras, muchísimo más rentables para el dueño. Era inevitable, dado que las consolas caseras ya igualaban e incluso superaban la calidad técnica de la mayoría de juegos que uno podía ver en los recreativos. Los que aguantaron mejor fueron aquellos que necesitaban un enorme mueble especial para ser jugados, como el de la famosa máquina de Parque Jurásico. Todavía se pueden encontrar en algunos centros comerciales junto a los cines, pero la atmósfera de estas salas no tiene absolutamente nada que ver con la de las de antaño. Aparte de que suelen estar bastante vacías, no hay un ápice de aquel compañerismo y buen rollo que muchos, con tanto cariño, recordamos. Una pena, pero qué se le va a hacer: los tiempos cambian.

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¡Malditas seáis!


En fin. Hasta aquí, mi repaso nostálgico personal de los salones recreativos de los noventa. Recalco lo de “personal” porque es muy probable que muchos de los lectores no hayáis experimentado algunas de las cosas que describo aquí y que tengáis otros recuerdos diferentes de los míos. Os animo a que los compartáis con todo el mundo en la sección de comentarios del artículo o en el foro.

Y sin más que añadir, aquí finaliza mi repaso personal a los salones recreativos de los noventa. Y recordad:

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Y este mensaje aparecía en máquinas que tenían ceniceros al lado de los mandos...
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